lunes, 19 de abril de 2021

un sueño de ruskin


 




[...] os referiré un sueño que tuve una vez. Porque, aunque no soy poeta, tengo sueños a veces: Soñaba yo que estaba en una fiesta infantil en el primero de Mayo, en la que todo medio de diversión había sido preparado por un huésped sabio y bueno. Era en un casa suntuosa, con bellos jardines; los niños estaban en libertad en las habitaciones y en los jardines, sin otro cuidado que el de que pasaran la tarde alegremente. No sabían mucho, en realidad, sobre lo que les esperaba al día siguiente; algunos me parecieron un poco temerosos, porque había cierta posibilidad de que fueran enviados a una nueva escuela donde había exámenes, pero lo mejor que podían desechaban tales pensamientos y determinaron divertirse también. La casa, como digo, estaba en medio de un bello jardín, y en éste había toda clase de flores; frescos montículos llenos de hierba, para descansar, y praderas llanas, para jugar, y gratas fuentes, y bosques y rocas para trepar por ellas. Y los niños fueron felices durante un poco de tiempo, pero después se separaron en grupos y entonces cada grupo declaró que una porción del jardín era de su propiedad, con exclusión de ella de los demás. Luego se pelearon por los trozos que tendrían y, últimamente, los niños tomaron la cosa, como hacen los niños, es decir «prácticamente» y riñeron sobre los macizos de flores hasta que apenas quedó una flor en pie; pisotearon los trozos de sus rivales llenos de cólera; las muchachas gritaron hasta que no pudieron más; y, por fin, todos se tendieron sin aliento sobre las ruinas y esperaron la hora en que habían de ser llevados a casa por la tarde (1).    

Mientras tanto, los niños que estaban en la casa habían sido felices también a su modo. Para ellos se había dispuesto todo género de placeres posibles bajo techado: había música para que bailaran; la biblioteca estaba abierta, con toda clase de libros divertidos y había un museo lleno de las conchas más curiosas y pájaros y toda clase de animales; un taller, con tornos e instrumentos de carpintería, para los niños ingeniosos; preciosos y fantásticos vestidos para que se los pusieran las niñas; microscopios y caleidoscopios; y cuantos juegos puede imaginar una criatura, y una mesa, en el comedor, provista de toda clase de manjares delicados.

Pero, en medio de todo esto, insinuaron dos o tres de los niños «más prácticos» que querían algunos de los clavos con cabeza de latón que tachonaban las sillas, y en vista de ello se pusieron a la tarea de sacarlos. Al punto, a los otros, que estaban leyendo o hablando de las conchas, se les antojó hacer lo mismo, y, al poco tiempo, casi todos se herían los dedos arrancando clavos. Con todos los que pudieron arrancar no se quedaron satisfechos y entonces, cada uno quiso los que poseían los otros. Por último, los realmente prácticos y razonables, declararon que nada tenía verdadera importancia aquella tarde, salvo conseguir muchos clavos con cabeza de latón, y que los libros, las conchas y los microscopios, no tenían utilidad por sí mismos, sino en cuanto servían para ser cambiados por cabezas de clavos, y, por último, empezaron a pelear por las cabezas de clavos, como los otros habían luchado por los trozos de jardín. Solamente aquí o allá, un despreciado se acurrucaba en un rincón y trataba de conseguir un poco de tranquilidad con un libro, en medio del tumulto; pero todos los prácticos no pensaban en otra cosa que en cortar cabezas de clavos durante toda la tarde, aunque sabían que no se les permitiría llevarse ni un trozo de latón. Pero no importaba. La cosa era: ¿Quién tiene más clavos? «Yo tengo ciento y vosotros cincuenta, y, yo tengo un millar y vosotros, dos. Necesito tener tantos como vosotros antes de irme, o no podré irme en paz.» Al final hacían tanto ruido que me desperté, y pensé para mí: Qué injusto es este sueño, referido a los niños. El niño es el padre del hombre, y más juicioso. Los niños no hacen nunca locuras de ésas. Solamente las hacen los hombres.

 

(1) Se me ha preguntado a veces lo que significa esto. He intentado poner de manifiesto la sabiduría de los hombres que guerrean por reinos, y lo que sigue para expresar su sabiduría en la paz, luchando por la riqueza.

 

John Ruskin, Sésamo y lirios

Espasa-Calpe, Buenos Aires, 1950

Traducción de Antonio Dorta  

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