jueves, 14 de julio de 2011

morticia



Rodela de la Medusa de Carlos V
Filippo y Francesco Negroli, Milán, 1541
Real Armería de Madrid


–¡M-4 para M-9! –retumbó el walkie en el cuarto de guías–. Morticia, ¿puedes bajar?

Morticia se anudó el espantoso pañuelo de Patrimonio de cara al espejo, que pareció resquebrajarse ante su mirada de Gorgona. Luego ordenó con nonchalance:

–Tartarín, diles que enseguida voy.

Tartarín hubiera preferido apretarle el pañuelo, pero contestó pulsando el walkie:

–Morticia dice que ya va.

Ocho minutos después, Morticia descendía al zaguán con andares majestuosos. El inmenso y antiguo palacio se inundó de efluvios de perfume francés.

–¡Visita guiada en español! –tronó perentoriamente Morticia a través del micro.

Al grupo de treinta, con los auriculares ya puestos, le sacudió un tembleque. Diez turistas resolvieron de pronto que no tenían tiempo para el tour, así que Morticia empezó la visita con veinte personas.

Subió los fríos y venerables peldaños de mármol toledano, mientras el manso grupo la seguía y la observaba de espaldas. Pero cuando se dio vuelta en el segundo rellano y mostró de cerca sus penetrantes ojos, seis turistas dieron un instintivo paso atrás y cayeron escalera abajo.

–¿Qué sucede? –preguntó un conserje que acertaba a pasar por allí.

–Nada –dijo un guardia de seguridad–. Morticia, que ha vuelto a despeñar a unos turistas.

Así que Morticia empezó la explicación en el rellano con catorce personas.

–Buenos días, me llamo Morticia y voy a ser su guía durante la visita al palacio. Lo primero que querrán saber, me figuro, es cuándo se erigió este magnífico edificio y por orden de quién.

–Si es usted tan amable… –se atrevió a decir un viejecito benévolo y sonriente.

–Me reservo la sorpresa para el final –dijo Morticia–. Pero prosigamos. Ustedes mismos pueden ver que esto es sólo una escalera, y las escaleras están para subirlas.

–O para bajar rodando por ellas, como esos pobres –repuso el viejecito.

–Los museos y las antigüedades tienen sus riesgos. ¿No ha visto usted ninguna de Indiana Jones? Considérense afortunados si salimos todos con vida de ésta. Pero síganme, la visita no ha hecho más que comenzar.

Dos monjas que habían roto su voto de clausura sólo por curiosear en un palacio decidieron, arrepentidas, regresar al convento en ese mismo instante.

Así que Morticia entró en el primer salón con doce personas.

–Querrán saber, quizá –dijo Morticia–, cómo se llama este salón, y quién pintó ese hermoso fresco y qué representa.

–¿Nos lo va a decir? –preguntó un estudiante desgreñado y de aspecto quinqui.

–Voy a dejar que procuren adivinarlo, y que se queden con esa evanescente sensación de misterio. Y a usted le voy a recomendar una peluquería estupenda: Coiffeur Gourmand. Síganme, en el siguiente salón verán unas columnas (ya estoy dando pistas, si es que no se puede ser tan maja), y como todas son iguales, cuando hayan visto la primera pasamos derechos al trono.

Al llegar al salón del trono, Morticia advirtió que sólo había diez personas en el grupo.

–¿Y los que faltan? –quiso saber.

–Han ido a poner una reclamación –respondió un niño de ocho años–. Pero no se preocupe, creo que tenemos algunos pegamoides curiosos que no son del grupo.

Los pegamoides alzaron la vista y se pusieron a mirar las lámparas venecianas y el fresco.

–¡Es la primera y última vez que digo que no quiero a mi alrededor a nadie que no sea de mi grupo! Y les advierto que, incluso de mi grupo, cada vez me van quedando menos… –y se llevó ominosamente la mano al bolsillo de la chaqueta, donde no se podía saber si guardaba un abanico o una pistola.

Los pegamoides hicieron mutis ipso facto ante la gélida y terrible mirada de Morticia.

–¿Quieren saber algo del salón del trono?

–Vamos perdiendo la curiosidad –respondió una agraciada joven de dotes poco intelectuales–. ¿Queda mucho de visita?

–Pues claro, esto es un palacio, y no la casa de usted. Les comentaré, de paso, que el rey siempre saluda ahí de pie y jamás se sienta en el trono; pero se lo digo sólo porque es un cliché de obligada mención. Pasemos adelante.

–Si no le importa –dijo la joven–, me voy al Corte Inglés de compras. Quizá luego nos encontremos allí y podamos charlar. Un gusto conocerla, Morticia.

Así que Morticia entró en el siguiente salón con nueve personas.

–Esto es una saleta. Como indica su nombre, la habitación que viene después es una antecámara, que da paso a la sala.

–¿Puede repetir? –dijo una grácil niña.

–Lo siento, guapa. Bastante tengo ya con hacer una visita, y otra y otra, como para repetir.

–¡Qué lámparas tan bonitas! –exclamó un educado señor con acento foráneo, más por romper el hielo que porque le gustaran.

–Es usted el turista 999.999 que me dice «¡Qué lámparas tan bonitas!». Al turista 1.000.000, se lo aseguro, le voy a dar un premio, y gordo. La paciencia tiene ciertos límites... Enfilamos, pues, hasta la sala de Gasparini, que es una auténtica maravilla, nunca me canso de decirlo.

Cuando el grupo entró en la sala de Gasparini, Morticia contó siete personas.

–¿Dónde están los que faltan, niño?

–Han retrocedido al comienzo –respondió el tierno infante–. Dicen que quieren leer los letreros explicativos, por muy escuálidos que sean. ¿Qué significa «escuálido»?

–¿No es el nombre de un pescado?

–Ja, ja… –intervino el hombre extranjero–. Lo que ellos querían decir es…

–¡He dicho que es el nombre de un pescado y se acabó! O si lo prefiere, le cedo el micro y sigue usted con la visita.

–Por nada del mundo. Siga usted, Morticia, me encanta cómo lo hace.

–Ahora atravesaremos un tranvía, pero no lo cojan. No vale la pena detenerse, aunque hay un cuadro que dicen que es de Goya. Y luego paramos en el salón de Carlos III. Dime, monina –preguntó a la niña distraída–, ¿de quién crees que veremos un retrato en el salón de Carlos III?

–¿De usted, Morticia? –dijo la niña con tono inocente.

–Esa niña –espetó Morticia dirigiéndose a la madre– está muy poco espabilada; o demasiado, no sé.

–Está fatigada, y quiere ir al servicio. Discúlpenos.

Así que Morticia entró en el salón de Carlos III con cinco personas: el niño, sus padres, el hombre extranjero y el estudiante quinqui.

–Explicar este salón es muy complicado –dijo Morticia–, porque habría que hablar largo y tendido acerca de la Orden de Carlos III, y la Orden de Carlos III es una de las cosas más áridas y aburridas que hay en el mundo. Pueden creerme.

–¿Y los relojes? –preguntó el padre del niño.

–Están para dar la hora. Y ya se nos hace tarde. Atravesamos pitando el gabinete de porcelana y la saleta amarilla, y nos plantamos en el comedor de gala.

Cuando llegaron al comedor de gala, el estudiante quinqui había desaparecido misteriosamente.

–¿Dónde está? –preguntó Morticia al niño, que parecía ser su fuente de información más segura.

–Escondido tras aquella cortina. Se quejaba de que usted no haya vuelto a hacer mención de los frescos, ni de las alfombras.

–Para fresco, él –dijo Morticia.

–Supongo –intervino el hombre extranjero– que esto es el comedor de gala porque aquí se celebran cenas de gala a tutiplén.

–Exacto –dijo Morticia–, y poco más hay que añadir.

–¿Los tapices? –intervino la madre del niño.

–Cuelgan de las paredes, como ve. Sigamos. Aquí al lado tenemos el salón de la Banda; luego pasamos por la salas de platería y vajillas, y salimos a la galería.

Al llegar a la galería, Morticia estaba sólo acompañada por el hombre extranjero y el niño.

–¿Y tus padres?

–Dicen que me esperan en el zaguán. Es que quiero ver la colección de Stradivarius. ¿Puedo hacerle una pregunta? ¿De veras se llama usted Morticia? Es guay.

–Gracias, rico. Ahora mismo llegamos a los Stradivarius, porque la Capilla está cerrada, ¡lleva siglos en restauración! Los que trabajan dentro aseguran que aún está ahí; yo tengo mis dudas. Fíjense en ese retrato de Alfonso XII, ¡qué hombre tan apuesto! Pasa a la siguiente habitación, niño, y echa un vistazo a los Stradivarius. Luego te vas con tus padres, que te estarán echando de menos.

–Vale. ¡Adiós, Morticia!

–Nos hemos quedado usted y yo solos –dijo Morticia al extranjero.

–Sí.

–Sólo quedan cuatro salas pequeñas.

–Esperaba este momento, sabía que era inevitable.

–¿Cómo?

–¿Le gustaría cenar conmigo esta noche? Me llamo Monsieur Roland. Soy de París.

–¿De veras? ¡Nací y me crié en París!

–¡No!

–Hablo perfectamente el francés, aunque con un leve acento.

–Es usted tremenda, Morticia. La espero a las nueve. Adiós.

Morticia bajó las escaleras sola, pero con una sonrisa en los labios. Al cruzarse con Tartarín a la entrada del cuarto de guías le dijo:

–¿Adónde vas, encanto?

–Tengo visita en Spanish. ¡Un estudiante cabreado con greñas, y algunas personas a las que las acaban de atender en el botiquín!…


Un cuento de niki

No hay comentarios: